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Casinos Las VegasLAS VEGAS, MECA DEL JUEGOParece una ironía, pero los primeros pobladores de lo que es hoy la fulgurante ciudad de Las Vegas dieron mormones de Utah. Estuvieron brevemente, entre 1855 y 1857, tras fracasar en la misión que se les había encomendado: convencer a los indios Paiute de que abrazar sus austeras costumbres sería más ventajoso que perder el tiempo apostando a tirar huesos coloreados sobre la arena del desierto. Es como si el destino ya le hubiera sido fijado a esta ciudad rodeada de montañas, imaginada, concebida y realizada para con vertirse en la Meca del juego. Y no sólo para los norteamericanos. Casi 30 millones de personas de todas partes del mundo visitan anualmente algunos de sus más de 60 hoteles-casino, los del relanzado downtown ó los gigantescos que se alinean compitiendo en magnificencia a lo largo de la Strip , como se conoce al Las Vegas boulevard. Todos ofrecen juego ininterrumpido, las 24 horas del día, todos los días del año. Las Vegas, como Montecarlo, es indiscutiblemente sinónimo de juego. Pero tanto en los orígenes como en su desarrollo son extremos opuestos. Mientras que el Principado de Mónaco se forjó con la aristocracia, Las Vegas se nutrió de aborígenes, de pioneros de paso y de los descastados que partían hacia el Oeste en busca de un lugar donde comenzar una nueva vida. Una tiene como paisaje el azul del Mediterráneo, la otra el polvo del desierto. Montecarlo apostó a la exclusividad y la distinción; Las Vegas, como típica representante de la informalidad norteamericana, se inclinó por el desarrollo masivo y popular, en un marco fastuoso, para algunos quizá sobrecargado y algo kitsch. Pero son dos caras de una misma moneda. Ya en la segunda mitad del siglo XIX el Estado de Nevada era campo propicio para el juego. El descubrimiento de oro y plata hizo que la población creciera de 7.000 á 42.000 personas entre 1860 y 1870. Hoy todavía existe un centenar de pueblos fantasma en cuyos saloons el póker, el alcohol y las mujeres constituían una incipiente industria. Era el destino obligado de mineros y cowboys que trabajaban en los ranchos de ganado. A tal punto se había arraigado allí la costumbre de apostar que ni siquiera pudo ser erradicada con la estricta ley antijuego que en 1910 prohibió hasta tirar una moneda para determinar quién pagaría una ronda de bebidas. Se siguió jugando clandestinamente en sótanos, tanto de día como de noche. La prosperidad se frenó en la década del 20, cuando dejaron de operar las minas. Fred Balzar, que era el gobernador en 1931, procuró lanzar una industria que no requiriera demasiada agua, recurso escaso para el árido territorio. Fue así que decidió legalizar el juego en el Estado. Esto, más la construcción del ferrocarril Union Pacific y de la represa Hoover a sólo 50 kilómetros , sobre el río Colorado, hicieron que Las Vegas fuera un oasis en medio de la depresión que azotaba económicamente a todo el país. De esa forma, se abrieron las puertas al impresionante desarrollo que comenzaría apenas tres lustros más tarde, cuando el gángster Benjamín Siegel tuvo la inspiración de erigir allí el Flamingo, el primer gran casino de Las Vegas. Siegel, motejado "Bugsy", apodo que realmente odiaba, era un prominente miembro del bajo mundo de Nueva York. A fines de los 30 fue comisionado para supervisar la instalación de los cables telegráficos que Al Capone necesitaba para transmitir los resultados de las carreras. Allí descubrió el potencial de Nevada, cuyo único secreto es que estaba entre California y el resto de los Estados Unidos. Pero no se conformó con adquirir uno de los pobres casinos de Las Vegas que, para entonces, salvo excepciones, eran poco más que bares con alguna que otra mesa de póker y ruleta, más una decena de tragamone das, en las que iban a dejar sus ingresos los obreros de la represa Hoover y del ferrocarril. Este intuitivo personaje percibió un a oportunidad mayor en el camino. La imagen fue bien ilustrada en el filme "Bugsy", protagonizado por Warren Beatty. Siegel comprendió que la represa podía cambiar el perfil de la región. Tras abandonar el deprimente (Georges Las Vegas Casino, pensó que toda esa futura energía serviría para iluminar el desierto a gromo, mientras que los novedosos equipos de aire acondicionado lo tornarían en una confortable estación aplacando las altas temperaturas del verano y los rigores del invierno. La idea no fue del todo comprendida por sus socios, que se preguntaron cuál sería la razón de invertir en el desierto cuando ya tenían un provechoso acuerdo con Fulgencio Batista en Cuba para explotar el juego en la isla del Caribe. Expertos en el tema mafia aseguran que el propio Meyer Lansky compartía las ganancias con el dictador cubano, desde su bunker instalado en el Hotel Nacional de la Habana , donde operaban mesas de ruleta de dudosa ecuanimidad. EL FLAMINGO Pero igualmente Siegel los convenció. Lansky llamó a Charles "Lucky" Luciano y otros jefes regionales del crimen organizado, quienes finalmente accedieron al proyecto. Le dieron el OK y un millón de dólares para erigir el Flamingo, presupuesto que a raíz de las extravagancias de "Bugsy" no tardó en desbordarse. Apremiado por sus socios, Siegel decidió inaugurar en la Navidad del 46. El resultado fue un estrepitoso fracaso, pese a los incitantes letreros de "Always open","Eueryone welcome" la promoción del show de Jimmy Durante y Xavier Cougat, y los invitados especiales. Para entonces el costo original de la obra se había sextuplicado. Fue esta falta de control sobre las cuentas la que terminó arrinconando a Siegel. Los capos de todas las ciudades comenzaron a recibir información de que habían sido estafados. Les decían que Siegel había vendido acciones por el 400% del hotel y, más grave aún, que junto a su amante, Virginia Hill, cuyo apodo, Flamingo, dio origen al nombre del proyecto, distrajo un par de millones de dólares hacia una cuenta suiza. Lansky no pudo contener la ira del resto del grupo. Y una junta en el Hotel Nacional de Cuba selló el destino de "Bugsy". Acusado de fraude por el desvío de fondos y por su escaso respeto al dinero, la mafia extendió la sentencia y terminó acribillado en el living de la residencia que ocupaba en Beverly Hills. Lansky lo llamó la noche ante rior para anunciarle que habían resuelto destituirlo, que Moe Greenbaum se haría cargo del proyecto. Y, como advirtiendo su trágico destino, "Bugsy" le sugirió que, sin importar lo que pasara, no venda sus acciones del Flamingo. "Terminarás agradeciéndomelo", afirmó. Y no se equivocó, porque en sus primeros 45 años de vida el hotel-casino, desde 1973 operado por el grupo Hilton, dejó ganancias por más de 6.000 millones de dólares. El éxito fue arrollador y junto al Flamingo, en poco tiempo, se levantaron el Golden Nugget, el Sahara, el Sands, el Thunderbird, el Desert Inn, el Dunes y el Rivie ra. Para fines de los 50 se agregaron a lo largo de la calle Fremont, el Tropicana, el Hacienda, el Pioneer Club, el Stardust y el Mint. Dinero de la mafia, proveniente de todas las grandes ciudades, fluyó hacia allí para erigir huevos casinos y financiar la necesaria construcción de obras de infraes tructura como el aeropuerto Me Garran, que acercó a millones de jugadores atraídos, como hoy, por medio de incentivos turísticos de todo tipo. La historia de Las Vegas, y la del juego en general en los Estados Unidos, está indisolublemente ligada a la del crimen organizado. Esto no lo discute nadie e inclusive hay quienes aseguran que la sola posibilidad de toparse con algún personaje del bajo mundo constituyó, durante algun tiempo, uno de los secretos atractivos para quienes visitaban la Meca del juego. EL EFECTO HUGLES Pero ya sobre la década del 60, el gobernador Grant Sawyer decidió que había llegado la hora de poner algún límite. Y creó el Gaming Control Board. Estableciendo determinados requisitos de integridad para quienes aspiraran a detentar una licencia de explotación de juego en el Estado. A partir de allí surgieron nuevos dueños y enormes emprendimientos, como el Caesars Palace, inaugurado en 1966, en cuya playa de estacionamiento se llegó a correr un Gran Premio de Fórmula Uno internacional. Uno de los grandes protagonistas de esa década de formidable crecimiento para Las Vegas fue el excéntrico millonario Howard Hughes. Y es curiosa la leyenda de cómo se decidió a invertir en este negocio. LAS VEGAS, MECA DEL JUEGO Se cuenta en Las Vegas que una noche, instalado en el Desert Inn de Moe Dalitz, Hughes perdió una fuerte suma jugando a los dados. No podía quedarse sin hacer nada y de inmediato mandó un empleado a verlo al dueño con una tentadora propuesta: 30 millones de dólares en efectivo. Dalitz consultó por mero protocolo con sus socios, con quienes también compartía el Stardust, pero la respuest a no se hizo esperar. La venta se realizó en el acto, bajo la condición de que el grupo conservara el segundo casino. Pero Hughes no se detuvo ahí. Y empezó a ofertar por todos los casinos que había en Las Vegas y en Reno. Para entender su comportamiento hay que considerar que Hughes tenía que reinvertir cerca de 500 millones de dólares que había logrado por la venta de la aerolínea Trans-World. Y debía hacerlo rápido, ya que de lo contrario, buena parte se le escurriría en impuestos. Los gángsters no lo podían creer. Justo cuando comenzaban a ser acosados por el Federal Bu reau of Investigation (FBI), desamparados por las nuevas reglamentaciones, aparecía este extraño personaje para sacarlos del apuro y, como si eso fuera poco, dejándoles un suculento beneficio. En poco tiempo se adueñó del Frontier, del Silver Slipper, del Sands, del Castaways y del Landmark. La mafia estaba feliz, por varias razones. La primera, como se dijo, por las ganancias que obtenían al descargar sus acciones a precios exorbitantes. La segunda, que Hughes aceptó mantener al frente de los establecimientos a los viejos directivos, lo que en la práctica significaba que el bajo mundo seguía controlando desde las som bras buena parte del negocio. Quizá esta decisión es la que le impidió alcanzar el objetivo que se había propuesto, que era el de obtener un beneficio de 20% del capital invertido, que de otro modo debería haberle dejado al Estado. Que los mañosos siguieran al frente de los casinos hizo que nunca Howard Hughes pudiera ver una ganancia superior a 6%. Sugestivo, si se tiene en cuenta que durante los cuatro años que duró su incursión las estadísticas mostraron un notable incremento de 25% en la afluencia de turismo y en las cifras del juego. De la misma irreflexiva forma en que llegó se fue de Las Vegas. Y, aunque no hay forma de saberlo con certeza, se afirma que quienes lo ayudaron a salir comprándole las acciones posiblemente ha yan sido los mismos hombres del hampa que se las vendieron. De ser cierto, lo razonable es que lo hayan materializado a través de impecables testaferros. Sea como fuerte, la presencia de Howard Hughes fue positiva para la ciudad. Abrió las puertas a la era de las corporaciones, a inversores de Wall Street que, de otro modo, se hubieran mantenido al margen. En prueba de reconocimiento, hoy una calle lleva su nombre. La formidable expansión ocurrida en esos años hizo que se necesitara mano de obra para atender nuevos y cada vez más exigentes servicios. Como resultado de esta demanda, llegó gente de otros estados y la población se duplicó en menos de una década. De 55.000 pasó a 110.000 almas y desde entonces el crecimiento fue constante y vertiginoso. Actual mente la ciudad tiene casi un millón de residentes estables casi la mitad del total del Estado cuyos ingresos, lógicamente, dependen en su mayor parte de la industria del turismo. Pero también está llegando una nueva raza, a un ritmo de 8.000 por año. Es la de los retirados, como llaman a los jubilados en los Estados Unidos, que venden sus cotizadas residencias en California para trasladarse a la más accesible Las Vegas, donde el costo de vida y de las propiedades es sustancialmente menor. El único obstáculo que deben enfrentar los residentes es poder mantenerse al margen de la cotidiana tentación que representa el juego, de cuya omnipresencia es virtualmente imposible abstraerse. Pero quienes consiguen ignorar dados, cartas, tragamonedas y apuestas a carreras, peleas o competencias de todo tipo, seguramente encontrarán un pasar más aliviado que en Los Ángeles o San Francisco. En Las Vegas se puede vivir bien con menos de 3.000 dólares mensuales que, por otra parte, es el ingreso medio de una familia tipo. Pero para fortalecer la voluntad, en caso de sucumbir al atractivo del juego, hay una poderosa ventaja adicional, que puede tener efectos exorcizantes y no debe ser despreciada: no hay que pagar impuesto a las rentas ni a la herencia. ¿Por qué? Sencillamente no existen en este Estado. La razón descansa en que la mayor parte de Nevada está en manos del gobierno federal. Dos tercios del territorio es administrado por el U.S. Bureau of Land Management; 7% son parques nacionales y otro 25% se distribuye entre reservaciones indígenas (donde también funcionan casinos), campos militares y refugios para la vida silvestre. Como resultado de esta división, menos de 2% del territorio y de las consi guientes erogaciones le corresponden al gobierno estatal. Por esta causa es que la estruct ura tributaria de Nevada se limit a únicamente a los impuestos a las ventas y a los que pagan los licenciatarios del juego, cuyos beneficios anuales están calculados en torno de los 6.000 millones de dólares, equivalente a poco menos de un tercio de los ingresos totales del Estado.
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