Casinos - Majestuosa Ruleta

Casinos - Majestuosa Ruleta

La Majestuosa Ruleta

ANTECEDENTES

Según relata Denis Diderot en la Encyclopedié (ed.1765), este margen de ventaja era considerado excesivo y debido a las fuertes pérdidas y desordenes que generaban, el Papa se vio obligado a prohibir el juego y a expulsar a los banqueros de sus estados.

Algo similar es el Biribisso , que se afianzó fundamentalmente en Génova al promediar el siglo XVII

Casinos - Majestuosa Ruleta
La Boule

El juego, muy similar al de la oca, con sistía de 66 bolillas (giannetfe) pe rforadas a lo largo, en cuyo interior se introducía cada uno de los números, que correspondían a los 3 figuraban sobre un tapete, separados en casillas pintadas con figura s humanas o de animales.

Se apostaba con monedas, generalmente de oro, y resultaba ganador quien tenía la apuesta sobre el número que se extraía de la bolsa; se colocaban y mezclaban la s bolillas. Como en el juego de la oca, uno de los jugadores, alternamente, era el encargado de extraer las bolillas de la bolsa.

El Biribisso fue prohibido y castigado con severas multas y penas de prisión, pero según los historiadores lo practicaban por igual nobles y plebeyos y solo en 1779 pudo ser erradicado de Italia. Los banqueros emigraron a Francia, donde lo introducirían como juego del Biribí.

Contemporáneamente surgie­ron entretenimientos con bolillas que ruedan, como la Boule. Este es uno de los juegos de azar más simples y tiene el raro privilegio de haber logrado sobrevivir a sus pares de la época. Aún se juega en varias salas de Francia igual que en el 1600 y actualmente es el único juego autorizado en los casinos de Suiza.

La Boule es considerada, junto a la Hoca y el Biribisso el más cercano pariente de la ruleta. Consta de nueve números, del 1 al 9, dis tribuidos dos o tres veces sobre un cilindro de madera fijo, ilustrado en sus bordes con escenas campes tres y equinos saltando con sus jinetes. (En Uruguay se jugaba has ta principios de la década del 70 algo similar, "los caballitos", que consistía en una carrera de 9 caballos montados sobre un dispositivo giratorio que impulsaba el tallado mediante una manivela, con el mis mo paño y sistema de apuestas pagos de la Boule).

La bola, similar en tamaño y consistencia a 1 que se utiliza en el deporte de la pe lota a paleta, es lanzada por el croupier para girar varias veces so bre el plato hasta que, luego de esquivos movimientos, cae en uno los hoyos correspondientes a un número, que será el ganador. Se puede apostar a pleno, o a las chances simples (par-impar, ma yor-menor, rojo-negro) siendo el 5 el número neutro para estas alter nativas, como lo es cero en la rule ta tradicional. Los aciertos a pleno se pagan 7 a 1.

El juego de la ruleta se afianza en toda Europa a fines del siglo XVIII, cuando desplaza al Birbíi en el Redoute de Spa, en el Principado de Liege, que luego pasaría formar parte del reino de Bélgica donde se le concede el salón principal del edificio. En los primer años del 800 ya se la conocía no solamente en Francia y en Italia sino también en Rusia, en Turquí en Suiza, en la India y, por qué n también en Buenos Aires.

ROLETA

Según cuenta Oscar Horacio Elía al reseñar la historia del juego en la Argentina, apenas comenzado el siglo XIX ya se utilizaba en Buenos Aires la Rueda de la Fortuna , cuya banca detentaba José Clavimonte y Núñez, un tullido de las invasiones inglesas a quien las autoridades del Virreinato, en compensación, le habían concedido el permiso El juego era similar al que luego aparecería en las kermesses. Pero poco después fue desplazada por la "roleta", como aquí se la llamaba entonces.

Aunque faltan pruebas de su vigencia y difusión, sobran en cambio los bandos que prometían castigo a los "juegos prohibidos" en cafés, confiterías y billares.

De acuerdo al documentado trabajo de Elía, que consulto extensamente el Archivo General de la Nación , el clima antijuego era creciente por entonces y Juan Martín de Pueyrredón, director supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, dispuso en agosto de 1816 la veda para "los juegos perjudiciales que con tanto escándalo se sostienen en la ciudad, con detrimento de la moralidad pública, de la tranquilidad y reposo de las familias y de la seguridad de las fortunas particulares".

Entre sus primeras medidas ratificó las prohibiciones y puso énfasis en que los infractores se rían penados con "dos meses de arresto y la multa de 500 pesos", aumentando las penas para los reincidentes y destinando "a los exércitos a los jugadores de profe sión.

Pero no sólo hombres aportaría a las milicias el juego. Elía cita a Diego Luis Molinari en "Viva Ramírez", donde dice que " la Logia (Lautaro) alimentaba sus cajas con el porciento de beneficios de la ruleta". Como se sabe, entre los conspicuos miembros de esa logia secreta creada en 1812 para promover la independencia de América figuraron San Martín, O'Higgins y Alvear.

Sin embargo, no fue suficiente la amenaza de multas y castigos para evitar el entusiasmo por el azar. En 1819 el Cabildo trataría una petición del vecino Pedro Le zica que intentó instalar aquí la ruleta, bajo el argumento del suceso obtenido por el juego en Francia.

Miguel Echarte habría logrado una autorización, pero su casa de juego, al recrudecer las críticas, fue desautorizada por el gobernador Miguel de Irigoyen en 1820.

L a actitud hasta entonces, tanto del público como del gobierno, fue ambigua. Estaban quienes pedían el cierre de las ruletas, "por la ruina que causaba a fami­ liares y amigos". Pero éstos querían que siguiera vigente.

Por otra parte, las autoridades estaban entre dos fuegos, porque entre los críticos había también funcionarios que consideraban insuficiente justificativo la contribución a que se obligaban los licenciatarios (1.000 pesos mensuales a la policía), aunque fuera imperiosa la necesidad de recursos fiscales.

Luego de una pública polémica que tomó como tribuna al fugaz periódico "El Americano", donde los detractores se referían a la "roleta" como "tarasca de los bolsillos", triunfó el propósito de abolir el juego. El Cabildo pasó las quejas al gobernador Martín Rodríguez, quien extremó multas y penas para los juegos prohibidos. Entre ellos ya figuraba explícitamente la roleta.

La policía confiscó mesas y cilindros, que por decreto del 10 de mayo de 1821 debían ser "quemados públicamente por mano del verdugo, debiendo expresarse en alta voz, al principiar este acto, el nombre del dueño y casa de que han sido extraídos".

Pero, según Elía, luego se modificó la orden y finalmente los elementos requisados fueron vendi­ dos en subasta, con la condición de que fueran sacados del país. Rese­ña además que, tras un período incierto, en el que se concedió al me­nos una licencia en Cañuelas a Andrés Pineda, el presidente Bernardin o Rivadavia decretó en abril de 1826 la prohibición de todos los juegos de azar. Solo se toleraron oficialmente las corridas de toros.

Aunque opuestos en muchos aspectos, Rivadavia y Juan Ma­nuel de Rosas coincidieron en su persecución al juego, pese a lo cual siguió vigente durante años en forma clandestina en el mismo centro de la ciudad, como lo prueban los pedidos de la policía a la Justicia para allanar varias casas en las que se jugaba ruleta.

Tras varias décadas de prohibición, las mesas recién volverían a ser social y políticamente aceptadas en Mar del Plata, en el último tramo del 800, con la prosperidad del primer peso convertible y el bienestar económico que originó la generación del 80.

GRAN DIFUSION

El gran impulso en el Viejo Mundo vendría cuando, en 1838, Luis Felipe de Orleans decidió finalmente la clausura de las casas de juego en Francia. Esto en realidad promovió allí también el afianzamiento de los tripots como se llama a los garitos en francés, y que el juego para la élite se moviera a otro territorio. Más concretamente, a Alemania.

Y sería un francés, el aventurero Francois Blanc, quien tras salir de su país lanzaría definitivamente a la ruleta desde la casa que comenzó a regir en Bad Homburg, cerca de Frankfurt, junto a su hermano Louis, en 1841.

Hasta entonces el cilindro tenía dos ceros, como la actual rule ta norteamericana, ubicados en forma opuesta, pero uno era rojo y otro negro y cuando salían se pagaban las apuestas del respectivo color. Blanc, buscando hacer más atractivo el juego para el público, decidió quitarle uno. Y así quedó desde entonces. Ni el cilindro, con la nueva distribución de sus números, ni el paño con su diseño, fueron posteriormente modificados.

Inclusive la frase inventada por Blanc con la que el croupier invita a los jugadores a hacer sus apuestas, " Messieurs faites vos jeux' , se mantuvo invariable. No se la cambió ni siquiera cuando las salas comenzaron a ser frecuentadas por el público femenino, aún habiéndose comprobado que las mujeres son más entusiastas que los hombres a la hora de jugar .

Quizá porque la pasión que despierta el juego superó al espíritu de investigación, los hom­ bres se dedicaron más a intentar vencer a la ruleta que a reseñar sus orígenes.

Por eso, a pesar de los dispersos antecedentes, no fue fácil reconstruir cómo y quién fue el creador de este juego que, a través de los años , se ha convertido en un símbolo inequívoco de los juegos de azar.

Existe una creencia, más o menos generalizada, que atribuye la invención de la ruleta a un monje que después, cundo intentó vencerla, enloqueció.

Sin demasiado rigor, se le asigna también al filósofo, físico y matemático francés Blas Pascal (1623-1662), la responsabilidad de su creación.

En realidad hay algunos elementos en común entre ambas teorías, pero no existe la certeza de que efectivamente haya sido así.

Casinos - Majestuosa Ruleta